Reacción cubano-americana ante las medidas del Presidente Barack Obama: entre el regocijo y la culpa.

María Isabel Alfonso

La noticia del restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Cuba y EE.UU., anunciada el 17 de diciembre por el presidente Barack Obama, ha provocado un sinnúmero de reacciones dentro del círculo de expertos “cubanólogos”. Puede decirse que de manera general, ya sea entre un segmento de conservadores o entre la mayoría de los más liberales, se ha aceptado como positivo el paso del presidente. Curiosamente, tuvo que suceder un hecho contundente como este para que una parte de la comunidad coincidiera en dos verdades de Perogrullo: que el embargo existe y que es nocivo para el pueblo cubano.

Sin embargo, muchas de las opiniones expresadas exhiben las sinuosidades de una retórica ambigua y en algunos casos, hasta culpable, por aceptar los cambios como positivos. En algunos casos, se da espacio a la visión sentimental, familiar, que toma en cuenta la perspectiva del exilio histórico, para quien los cambios son un insulto. Así, Ruth Behar, en un hermoso artículo publicado en el Washington Post, reconoce la carga simbólica del anuncio de la noticia el 17 de diciembre, día de San Lázaro, y con ello, lo positivo del cambio, sin dejar fuera la reacción de su padre: “Get ready for another 50 years of tiranny”. Goce con límites. Regocijo pero sin dejar de mencionar el dolor del otro.

A Achy Ovejas lo que le preocupa es la definición del ontos de exiliado cubano-americano, y los beneficios adquiridos a través del Cuban Adjustment Act: “Redefining U.S.-Cuban relations means giving up exile, every last speck of it. It means redefining who we are”. Si se restablecen las relaciones diplomáticas, significa que el guion de excepcionalidad cubano-americana dejará de tener sentido. Esto para la autora parece ser un punto de conflicto existencial. ¿O no? No está claro en su artículo “What Does Our Relationship With Cuba Mean for Cuban-Americans”. Pero por algo lo trae a colación.

En “El caso Cuba: entre la justicia y la piedad”, Daína Chaviano ejemplifica de manera más eficaz el argumento que estoy tratando de exponer. Chaviano comienza diciendo que nunca habla de política, pero que recientemente hizo una excepción en su cuenta de Twitter, para felicitar al presidente por las nuevas medidas (“God bless you, Mr. President @BarackObama. As a Cuban exile author and American citizen, I thank you for your new decisions about US policy”.) No obstante, parece ser que el fuego de Miami le cayó encima, cuando aclara dos días después que “140 caracteres no son suficientes”, y que por eso quiere extenderse ahora en un artículo.

El texto en el que se extiende no es para aclarar su comentario en Twitter, como fuera de esperarse, sino para justificar los argumentos que la posición anti-Obama usa para criticar la decisión del presidente:

Quienes argumentan contra las medidas propuestas por el Presidente Obama        han mencionado –y con toda razón– la carencia de derechos humanos en la isla, la represión contra los opositores, la falta de libertades civiles en Cuba. Como a cualquier ser humano que ama la libertad y la justicia, también me preocupa esta situación que no parece tener salida. Mientras el presidente norteamericano hablaba de aperturas, de entendimiento, de intercambios, de medidas encaminadas a mejorar el nivel de vida del cubano promedio, La Habana seguía exigiendo que eliminaran el “bloqueo” (como llaman al embargo allá), el único pretexto con que cuenta el gobierno cubano para justificar su desastrosa gestión económica. El discurso de La Habana no mencionó los cambios que ellos también tendrían que hacer para reciprocar las acciones del presidente norteamericano, pero no creo que debamos esperar por ellos.

Lo que sigue es, en su mayoría, una larga descripción de los desmanes de los Castro en la isla, sazonado con el escepticismo de la autora sobre la eficacia de la nueva política de Obama. La ilusión expresada en un tweet parece que se diluye entre desencanto y la negatividad ante la posibilidad del cambio.

El artículo de Chaviano es vivo ejemplo de una narrativa de la culpa y la auto-negación, en la cual parte de la intelligentsia cubano-americano se auto-censura, si en algún momento se permitió barruntar un pensamiento positivo sobre Cuba y los EE.UU., sin criticar a los hermanos Castro. Es entendible. Puedo imaginarme los improperios que muchos de los seguidores de Twitter gastaron en contra del comentario de la escritora.

Las citadas palabras son parte también de una retórica fallida, articulada no sólo por la escritora, sino por todos aquellos que piensan las relaciones Cuba-Estados Unidos en términos de una reciprocidad espuria. La idea de que Cuba debe agradecer a la nación vecina por el levantamiento del embargo, reconfigurando su política doméstica, es parte de un pensamiento neocolonial que no tiene cabida en el mapa geopolítico actual. El embargo se impuso unilateralmente y en contra de los propios derechos humanos que pretendía, supuestamente, traer para Cuba. Como tal, debe levantarse unilateralmente. Fue y es parte de la dinámica de abusos de poder ejercidas por los Estados Unidos no sólo hacia Cuba, sino durante toda la Guerra Fría hacia Latinoamérica, en cada intento por desestabilizar a cualquier gobierno populista, que, aun elegido democráticamente –como en el caso de Salvador Allende— simpatizara con la idea de un sistema sociopolítico diferente al neoliberal. Punto.

El tema de los derechos humanos en Cuba, Internet, los cambios internos que tienen que ocurrir en la isla y que, lentamente, están ocurriendo, es totalmente válido, pero no pertenece a este contexto. ¿Podremos, alguna vez, hacer un silencio honesto, en este sentido, y hablar del tema en el contexto apropiado? ¿Podremos, alguna vez, dejar de usarlo como escudo en contra de los virulentos dardos del ya decadente exilio histórico, cuyo odio no le deja mirar más allá de sus narices? Chaviano afecta el bello estilo de su prosa, al referirse a los agentes cubanos liberados como “tres sabandijas que conspiraron para matar a seres humanos”. ¿Podremos de una vez dejar a un lado la retórica del insulto, la cual enrarece todo intento de reconciliación, en lugar de auparlo?

Ningún escritor debería tener que pedir permiso para expresar sus ideas, ya sea en 140 caracteres o en 140 páginas. Preocupa que los que se animan a legitimar la entrada de las relaciones Cuba-EE.UU. a un estadio de madurez, se amilanen o se vean en la obligación de abordar temas que pertenecen a otra conversación. Preocupa que la culpa, el miedo o la ambigüedad, entorpezcan este momento histórico en que los acontecimientos no necesitan adornos navideños para ser celebrados. De todas formas, es regocijante que, a pesar de las sinuosidades y los subterfugios, se comience a atisbar ya la luz al final del túnel.