El resto fiel

 

Por: Humberto Tirado.

Los años setenta del pasado siglo representaron para la iglesia católica en Cuba el período en el que más deprimido estuvieron su perfil e influencia social. Los años sesenta fueron la confrontación más o menos abierta y la secreta esperanza de la inminente caída del régimen. También en los setenta algunos hablaron de la iglesia del silencio –frase que por demás siempre me ha parecido deliciosa, nada más elocuente que el silencio en el que tantas cosas se escuchan y se dicen. El primer lustro de los años ochenta marcó el comienzo del renacer de la iglesia católica en la isla. La realidad se impuso a la ideología y la iglesia comenzó su propio y local proceso de aggiornamento, como los vaticanistas se refieren al Concilio Vaticano II (1963-1965). Una nueva generación de católicos nacidos después de 1959 y otros muy jóvenes en esa fecha comenzaron a constituir el nuevo laicado, y tanto la jerarquía como el clero concientizaron que debían operar en una realidad con unos cánones muy particulares. En los años noventa parece que hay un retroceso  en el lento y suspicaz proceso de normalizar las relaciones entre la iglesia católica y el gobierno revolucionario cuando en 1993 el episcopado cubano lanza la carta pastoral “El amor todo lo espera” que fue saludada por la prensa libre como un regaño al gobierno cubano que entraba en la peor crisis económica y social de su corta historia como efecto de la desaparición de la Unión Soviética y el colapso del mundo comunista; incluso viejos resabios comunistas salieron al aire: algunos periodistas se refirieron a la carta pastoral como un puñal clavado por la espalda al pueblo revolucionario … por su carácter francamente contrarrevolucionario, oportunista y diversionista (sic). La carta en sí misma no es contestataria pero dada las particulares circunstancias del país y el entorno internacional, se hicieron diferentes lecturas desde diferentes ángulos e intereses políticos. Las relaciones iglesia-estado en Cuba tuvieron matices diferentes en las últimas cuatro décadas del anterior siglo. Cada década tuvo su propio acento y éste estaba determinado por las circunstancias políticas internas e internacionales; así de la confrontación (60s) al recogimiento forzado (70s), de aquí al reajuste y renacimiento (80s) para finalizar con la aparente contracción de los noventas. Las periodizaciones siempre resultan simplistas pero ayudan a tener una perspectiva disciplinada de un proceso tan complejo como cambiante.

 Como decía Martí, «En política, lo único verdadero, es lo que no se ve», y la visita del Papa Juan Pablo II y su preparación significó un giro decisivo y duradero en las relaciones iglesia-estado en Cuba. La visita papal de 1998 fue un reconocimiento  1) a la paciencia y pertinencia de la iglesia, 2) a la seriedad del proyecto revolucionario cubano. Aun cuando el Papa Juan Pablo II siempre fue un hombre modelado en el fragor de la guerra fría, un polaco con ningunas simpatías por gobiernos o regímenes de izquierda o populistas, supo ver en el proceso político cubano la legitimidad y credibilidad necesaria como para empezar un tipo de relación en el que los intereses de ambas instituciones, iglesia y estado, fueran garantizados. La visita papal selló un acuerdo no explícito de colaboración para el desbloqueo interno y externo de una situación insostenible por parasitaria para todos los actores interesados en ella. El reclamo papal de que Cuba se abriera al mundo y el mundo a Cuba no cayó en oídos sordos, ni ojos ciegos. Tanto las autoridades políticas del país como las eclesiásticas tomaron nota de las posibilidades que se abrirían si ese principio se tomara como la piedra angular sobre la diseñar y montar una política que abatiera el empantanamiento de la sociedad cubana con respecto a sí misma y del estado cubano en su relación siempre difícil y compleja con los Estados Unidos –el mundo en el principio papal eran los Estados Unidos, porque el mundo real, ese que existe más allá de las fronteras norteamericanas, con las excepciones de siempre, siempre tuvo una relación, cuando menos, respetuosa con Cuba y Cuba, una relación respetuosa también, solidaria cuando la ocasión lo exigía, con el mundo real. De cualquier manera, la visita papal de 1998 y la relación personal entre los líderes de ambos estados, estableció las bases para un nuevo tipo de relación ad intra de la nación cubana entre instituciones serias y suficientes, y de cara a la re-inserción de Cuba en el concierto de estados de las Américas.

La situación creada a partir del comienzo del proceso de cambios sociales en Venezuela en 1999, rápidamente demonizado por el gobierno y la prensa norteamericana,  y los ataques al World Trade Center en Nueva York en 2001 provocaron un impasse al deshielo que significó la visita de Juan Pablo II a Cuba. Pero el hecho más significativo, el evento que descarriló el proceso de regularización de las relaciones iglesia-estado en Cuba y de re-inserción del estado cubano en el mundo post-comunista fue la cuestionable elección de George W. Bush como el 43 presidente de la Unión Americana. Representando los intereses más reaccionarios y anti-democráticos de la sociedad norteamericana, el presidente Bush se embarcó en una agresiva política exterior, amparado en los eventos de septiembre de 2001 en Nueva York, que incluyó a Cuba. El gobierno cubano sintiéndose seriamente amenazado respondió con la encarcelación de setenta y cinco personas en la primavera del 2003 poco tiempo después que los Estados Unidos comenzaron la invasión de Irak. La iglesia católica cubana quedó, pues, de nuevo, a la espera de tiempos y circunstancias mejores para continuar con su papel de propiciadora de los cambios que la sociedad y el estado cubano necesitaban para sobrepasar la crisis social y económica resultante de la caída del mundo comunista. Para el 2010, el cardenal Jaime Ortega comenzó a mediar para que el gobierno cubano liberara a un poco más de cincuenta prisioneros políticos que todavía quedaban en prisión de los originales setenta y cinco  encarcelados en el 2003. Muchos de esos prisioneros decidieron trasladarse a España, unos pocos decidieron permanecer en la isla. La iglesia católica emergió nacional e internacionalmente favorecida con esa actuación, y se le otorgó un crédito político de parte de todos los implicados en el conflicto cubano que vino a ser ratificado por la visita del Benedicto XVI a Cuba en la primavera del 2012.

Los años transcurridos desde el comienzo de la invasión en Irak (2003) hasta la visita papal de Benedicto XVI (2012) fueron testigos también de cambios profundos en la sociedad cubana. Fidel Castro, el líder histórico de la revolución cubana, renunció a todas sus posiciones en el gobierno y en el estado, así como a sus grados de comandante en jefe del ejército cubano. Le sucedió, primero interinamente, y después, de forma oficial al frente del gobierno, el estado y el único partido político de la isla, Raúl Castro. La administración Raúl Castro se percibió, y de hecho, se proyectó como más pragmática, menos ideológica, pero con un apego leal al proyecto revolucionario. Es decir, no se podía esperar la implosión provocada por los apparatchik soviéticos que sucedieron a la generación histórica bolchevique. Cada medida que tomaba el gobierno cubano en el camino de su actualización del modelo cubano aislaba más a los Estados Unidos, dejaban a los Estados Unidos con menos espacio político para maniobrar, mientras que todos los gobiernos latinoamericanos, sin excepción, abogaban por la re-inserción de Cuba en las organizaciones regionales. Entre los cambios producidos en Cuba que pusieron en guardia al gobierno norteamericano por sus implicaciones prácticas, la nueva política migratoria cubana fue determinante. Esta reforma en las leyes migratorias cubanas terminó por evidenciar lo obsoleto de las prácticas y las medidas migratorias de los Estados Unidos con respecto a Cuba y los cubanos. Las cartas que ambos gobiernos, el cubano y el norteamericano, le quedaban para tener una salida sin sobresaltos para ninguna de las partes eran unos agentes cubanos de inteligencia encarcelados en los Estados Unidos desde 1998 y sometidos a penas de prisiones exageradas e injustas, y un contratista norteamericano acusado de espionaje en Cuba.

La elección de Francisco I al frente de la iglesia católica representó un cambió en más de un sentido. No sólo es el primer papa no europeo, sino el primer papa latinoamericano. Este hecho abrió las puertas a un entendimiento más directo de la situación cubana por parte de la más alta jerarquía vaticana. A poco de ser elegido papa, Francisco I nombra al Cardenal Jaime Ortega como su enviado especial a la celebración del 350 aniversario de la fundación de la parroquia de Notre Dame-de-Québec, en Canadá, la ''iglesia-madre de América del Norte''. ¿Coincidencias? En política, lo que no está previsto, se incluye. El Vaticano y Canadá jugaron diferentes roles en este proceso que comenzó en algún momento del 2014 y culminó el 17 de diciembre de 2015 con el anunció del intercambio de prisioneros, la liberación del contratista preso en Cuba y la reanudación de las relaciones diplomáticas entre Cuba y los Estados Unidos. No hay confirmación pero parece ser que en algún momento después de comenzadas o antes de comenzar las negociaciones secretas entre los gobiernos de Estados Unidos y Cuba, la iglesia fue percibida y acogida como garante de buena voluntad. Fue en el Vaticano donde las delegaciones de Cuba y Estados Unidos sellaron el acuerdo sobre el intercambio de presos y los primeros pasos hacia la normalización de relaciones entre los dos países.

La iglesia del silencio nunca lo rompió y gracias a la tenacidad y perseverancia de su liderazgo, a la entrega y la honestidad de muchos de sus operarios, pudo alcanzar los frutos de la paz que es la normalización de las relaciones entre dos países enemistados violentamente por más de cincuenta años y que, sin embargo, tienen tanto en común, en el pasado y en el presente. La familia y el pueblo cubano y los cubanos que viven en los Estados Unidos son los principales beneficiarios de este histórico evento. La iglesia local en Cuba y el Vaticano se congratulan por haber servido en este proceso desde lo más genuino de su vocación, el servicio a la paz y la justicia, que se besan, según canta el salmo 85, salmo que cierra la Carta pastoral de los Obispos de Cuba en 1993, cuando el futuro de Cuba estuvo más comprometido que nunca.