Cuba y Estados Unidos, el coste de una decisión.

Por JORGE DE ARMAS

La incidencia de un debate crítico sólo se puede medir por la efectividad del mismo en la toma de decisiones.  A propósito del reciente texto de Arturo López Levy, saltan a la vista las carencias de una política hostil y perversa que se ha convertido en boomerang contra los propios intereses norteamericanos.

En el discurso de Kerry ante la Organización de Estados Americanos −con el cual el gobierno de Estados Unidos declaró finalizada la Doctrina Monroe− el Secretario de Estado se abrogó el derecho a criticar la falta de avances en Cuba y la necesidad de su gobierno de reevaluar la política seguida hasta ahora en pos de un cambio de régimen.

Es importante destacar que ha sido el Presidente cubano Raúl Castro quien, en numerosas oportunidades, ha recalcado la voluntad de Cuba a sentarse, sin condiciones y bajo las pautas del respeto mutuo, a conversar con el vecino que la agrede y la somete a un bloqueo económico que es vejatorio e ilegal. Es importante también recordar que, a partir del propio bloqueo, hay un entramado de leyes y regulaciones que imposibilitan a Cuba acceder a créditos, comercios e, incluso, a la posibilidad de operar cuentas bancarias con un mínimo de garantías de procedimiento.

El más reciente incidente ha sido la imposibilidad de Cuba de encontrar un banco que opere sus cuentas en territorio estadounidense. Más allá del propio problema que representa no poder cobrar cheques, giros postales, o pagar sus propios gastos, se incurre en una paradoja administrativa: Cuba, por las absurdas regulaciones gubernamentales,  está imposibilitada de pagar las obligaciones derivadas de su propio funcionamiento en suelo norteamericano. El Departamento del Tesoro necesita buscar una solución para este asunto, para que las oficinas consulares cubanas operen con normalidad, tanto en su función originaria como en las obligaciones contraídas con entidades y proveedores de servicios básicos.

Hace unos días se ha hecho pública una carta del contratista norteamericano Alan Gross al presidente Barack Obama.  La historia de Estados Unidos con respecto a sus nacionales presos en territorio extranjero, ha sido siempre de solidaridad, comprensión y lucha hasta regresarlos a suelo norteamericano. En la misiva el contratista interpela a su gobierno diciendo:

 "I find myself asking the same question – Why? Why am I still here? With the utmost respect, Mr. President, I fear that my government – the very government I was serving when I began this nightmare – has abandoned me. 

(...)

I still want to believe that my government values my life and my service, and that a U.S. passport means something. I refuse to accept that my country would leave me behind. Mr.President, please take whatever steps are necessary to bring me home”

Aunque la prensa estadounidense intente vestir a Gross de trabajador humanitario a favor de que el pueblo cubano y su comunidad judía gozaran de acceso a Internet y las nuevas tecnologías, aún en el caso de que este supuesto fuese cierto, su accionar en Cuba fue un acto de injerencia pagada por un Gobierno extranjero.

El Secretario de Estado debería tomar nota y entender que una manera de ser “creativos” podría empezar por solucionar el caso Gross, desoyendo a una derecha cada vez más desmemoriada y desfasada que ha secuestrado la política norteamericana hacia Cuba por más de cincuenta años, y ha impedido una relación normal con la vecina Isla.

López-Levy, en su texto, mencionaba que “con la sección de intereses de Cuba en Washington sin cuenta bancaria, el costo de oportunidad de esa política irracional hacia Cuba aumenta.” Este es un punto muy interesante.

El “coste de oportunidad” se refiere al costo que representa tomar una decisión y no otra. En el caso cubano-americano el coste está referido a las decisiones que no se toman. Al no remover a Cuba de la lista de países que patrocinan el terrorismo, se ha puesto un cepo a las propias necesidades norteamericanas  y a la propia política que anuncia a través de su Secretario de Estado.

Estados Unidos quiere más viajes “people to people”, quiere que los norteamericanos viajen a Cuba porque son los mejores “embajadores de nuestros ideales, valores y creencias” pero el entramado de leyes que da soporte al bloqueo limita e imposibilita tomar decisiones coherentes al respecto.

Evidentemente, los pasos a tomar serían excepcionales y vendrían de la mano de licencias del ejecutivo. El bloqueo pudiera experimentar sus primeras grietas si el Presidente tomara decisiones  en pro de garantizar un funcionamiento pleno de los servicios diplomáticos cubanos en Estados Unidos; un diálogo sobre la liberación del contratista Alan Gross y de los cuatro agentes cubanos que cumplen condena en cárceles norteamericanas; permitir operaciones comerciales extendidas de raíz humanitaria; levantar la restricción de viajar a Cuba de ciudadanos norteamericanos; iniciar una ronda de diálogos a fin de instrumentar relaciones no necesariamente políticas, pero sí de colaboración en ámbitos tan importantes como la preservación del medio ambiente, la lucha contra el narcotráfico, la persecución de la delincuencia internacional o el propio diálogo con Latinoamérica.

El verdadero coste de oportunidad es que el gobierno norteamericano se entrampa cada vez más en una política mordaza.  Los pasos que pudiera tomar tropiezan ante las regulaciones que impone su propia Ley.

Cuba debe ser retirada de la lista de países que apoyan el terrorismo. No por facilitarle un banco a la Oficina de intereses de Cuba en Washington, es simplemente un acto de justicia.  Este sería sólo un primer paso.

Estados Unidos vive hoy la vergüenza de haber tenido a Nelson Mandela en una “lista de vigilancia antiterrorista”. El presidente Obama tiene en su mano la capacidad de evitarle a su país el mismo sentimiento en el futuro.  Basta con remover a Cuba de una lista injusta, a la cual no pertenece,  en la que sólo está para complacer a un sector reducido, rabiosamente anticubano y que no representa los valores del propio pueblo norteamericano ni de la Cuba que dicen defender.

La liberación de Alan Gross también está en manos del ejecutivo. Tan simple como buscar una solución humanitaria que contemple sin condiciones el regreso a Cuba de los cuatro agentes cubanos que aún cumplen condena.

Según El Nuevo Herald, ya existe preocupación entre el más de millón y medio de emigrantes cubanos sobre la imposibilidad de realizar trámites consulares y otros asociados.

Hoy se ha sabido que la Oficina de Intereses de Cuba en Washington ofrecerá de manera provisional los servicios habituales hasta el 17 de febrero de 2014, gracias a una prórroga en su acuerdo con el banco norteamericano M&T.  Evidentemente se trata de un acuerdo entre bambalinas destinado a ganar tiempo mientras se busca una solución definitiva. La política y las relaciones entre dos países no se pueden sustentar en la provisionalidad de las decisiones.

Es tiempo de buscar estructuras operacionales amparadas en derecho que establezcan un entendimiento mutuo y respetuoso.

Un primer paso por la parte norteamericana debe empezar por hacer política, de gobierno a gobierno, respetando la legitimidad de las autoridades cubanas y pensando en el pueblo norteamericano y en el cubano. Alejarse de pseudorepresentantes sin bandera propiciaría el inicio de un entendimiento necesario y mutuamente ventajoso.

La voluntad del Departamento de Estado para buscar una solución ante la necesidad de una oficina bancaria que atienda las operaciones de la misión cubana, podría servir para tomar otras medidas que favorezcan un acercamiento necesario entre los dos países.  Este es un buen momento.

El Presidente Obama tiene ante sí la disyuntiva de establecer una política coherente con un país vecino, o de seguir pagando el coste político que supone seguir el abrazo de Judas de una extrema derecha que solo representa intereses coloniales e injerencistas a espaldas de la realidad y del pueblo cubano.