Conocimiento y empatía

Por: JOSÉ MANUEL PALLI

Gracias a las autoridades del Instituto Superior de Relaciones Internacionales, al Centro de Investigaciones de Política Internacional (a sus relatoras que han hecho un trabajo formidable!!!), pero sobre todo a ti, Soraya Castro, por haberme invitado a participar en esta decimotercera edición de la serie de conversaciones “Cuba en la Política Exterior de los Estados Unidos de América”.

 Gracias, pero debo confesar que, como se dice en el campo argentino, me siento como un sapo de otro pozo entre tantas figuras de la cubanologia de los EE.UU, profesores y autores todos a los que leo con frecuencia.

 Yo no soy sino un cubano mas, un ciudadano mas. Muchos de ustedes me han preguntado estos dos primeros días de sesiones si soy cubano-americano, y yo creo que si: nací en Cuba y hace mas de treinta años que soy ciudadano de los EE.UU (aunque idiosincrática y culturalmente soy argentino). Pero no estoy aquí representando a nadie ni a nada como no sea a mi mismo y, como mucho, a mi propia sombra… Estoy aquí porque soy cubano, porque ME SIENTO cubano, sin aditamento alguno!

 Este trabajo es un tango (o una milonga, eso todavía no lo tengo claro) que lleva por titulo

 Conocimiento y empatía 

 I

Existe un déficit cada vez mas pronunciado en materia de conocimiento recíproco entre los polos opuestos que encontramos en sociedades polarizadas.

Ese déficit conspira contra toda posibilidad de generar empatía entre quienes nos vemos como parte de un grupo al que llamamos “nosotros”, y aquellos a quienes nosotros vemos como “los otros”. Y como ese déficit de conocimiento se nutre en parte de un componente importante de auto-engaño (en cuanto a cómo es y piensa “el otro”, qué quiere, que está y no está dispuesto a aceptar, pero también en cuanto a qué es lo que queremos “nosotros” mismos, y porqué lo queremos), una forma de combatirlo es desvirtuando los mitos y axiomas que sustentan ese (esos) auto-engaño (s) y que, con frecuencia, condicionan cualquier posibilidad de diálogo y / o negociación entre unos y otros.

Esa labor de zapa frente a mitos y dogmas que frenan el entendimiento entre TODOS los miembros de determinada sociedad y fomentan la polarización en su seno es algo que, en mi humilde opinión, trasciende los términos de la relación formal entre los unos y los otros, entre los polos opuestos, y que se inicia en el fuero interno de cada uno de los componentes individuales de esa sociedad en pugna.

Entre los cubanos de la isla y los del exilio en los EE.UU, esa polarización y falta de empatía ha hecho estragos durante muchos años, al punto de llevar a muchos (especialmente en el exilio) a dejar de verse a si mismos como parte de la misma sociedad que integran esos “otros” que habitan la isla de Cuba, y a sub-valorarlos y hasta a despreciarlos como irredimibles. Ese mismo desdén, pero a la inversa, es a veces perceptible hacia los cubanos exiliados en ciertos ámbitos de la cultura, el gobierno y los medios de comunicación de Cuba. Es en ese desencuentro en el que me quiero concentrar y enfocar, con la idea de fomentar la comunicación y el conocimiento recíproco que nos sirva de puente para tener un diálogo abierto y fluido entre TODOS los cubanos, sin exclusiones de ninguna especie.

Hace años intenté hacer esto con mis colegas, los abogados. El desconocimiento que existe entre los cubanos del exilio con respecto al Derecho en Cuba es alarmante, y es sorprendente la cantidad de ellos que creen que es absolutamente inútil interesarse en un tema como ese dado que, en la única visión que cabe en la mente de muchos de ellos en lo que hace al futuro de Cuba, será inevitable la erradicación de ese derecho hoy vigente. [1]

Pero la idea ahora es hacerlo mas allá de intereses sectoriales como el Derecho, creando mecanismos (diversos y abiertos a las iniciativas que se vayan presentando) que permitan el tipo de interacción que pueda dar como fruto esa mayor empatía que perseguimos entre profesionales en todos los campos, entre cubanos de las mas diversas esferas o actividades. Se trata de crear conciencia de la necesidad de facilitar esa interacción, removiendo obstáculos que, en la mayoría de los casos, solo existen dentro nuestro, y que afectan y condicionan nuestra actitud frente a esa necesaria interacción. Esa es la finalidad con la cual se ha creado el Centro Cubano de Promoción Intercultural: abogar por una interacción cada vez mas frecuente entre los cubanos, los cerca de once millones que viven en Cuba, y los mas de dos millones de la llamada diáspora.

II

Mi ponencia se sale un poco, creo yo, de lo que es el eje central de esta conferencia: la relación entre Cuba y los Estados Unidos durante los dos últimos años de la presidencia de Barak Obama. Y es que, como ya lo dije, para mi el trabajo que debemos hacer cada uno de nosotros, los cubanos, trasciende la relación formal entre los polos en pugna, y trasciende también la relación entre los dos estados que encarnan, en el plano de las relaciones entre estados, la polarización que queremos atenuar, si no eliminar entre cubanos.  

Hace mas de 35 años que resido en Miami. Desde mi primer encuentro con quienes buscan ansiosamente diseñar el futuro de Cuba a través de la realización de actividades enmarcadas en el sistema político de los Estados Unidos, mi experiencia –y la de los propios entusiastas diseñadores a los que me refiero- no ha sido sino una sucesión interminable de frustraciones y desengaños. Partiendo del cuba-centrismo que nos afecta a tantos cubanos, y atribuyéndole al tema de la relación con Cuba una importancia que dista mucho de tener en el corazón y en la mente de la enorme mayoría de nuestros conciudadanos en los Estados Unidos, los cubano-americanos hemos despilfarrado ingentes recursos (humanos, ideológicos, pero sobre todo económicos o patrimoniales) en una abstracción, “la libertad de Cuba”, que como “causa” no nos ha dado rédito alguno.  Y lo único que “nos queda” es el valor emocional que, a modo de consuelo, implica la preservación sine die del “status quo”.  En la muy acertada metáfora de un querido amigo y colega, somos como aquellos fieles del Sur o Confederados que, aun habiendo perdido la Guerra de Secesión, se niegan a aceptar el resultado y persisten en vivir anclados a su pasado.

El sistema político de los Estados Unidos

–sumido además en una crisis sin precedentes que lo han vuelto prácticamente inoperante- jamás se ha mostrado dispuesto a canalizar los intereses de la nación cubana, aunque son muchos los políticos que se sirven de los anhelos y de la cubanìa de muchos cubano-americanos prometiéndoles esa “libertad” que añoran para Cuba.

Esa actitud que mantienen todavía hoy muchos cubanos exiliados en los Estados Unidos, constituye una barrera emocional, anclada no solo en los espacios políticos y en las leyes de una nación que no es Cuba, sino también en un pasado cada vez mas lejano e incomprensible para las nuevas generaciones (las de cubanos y las de prácticamente todas las nacionalidades).

Y ese ancla que inmoviliza a muchos y los amarra a un pasado que les impide poner su mente y su corazón al servicio del futuro de Cuba esta hecho de una serie de dogmas o “principios” que condicionan su conducta y que incluso les sirven para pretender controlar la conducta de otros cubanos.  Ninguno de esos dogmas o principios rectores de la conducta de esos exiliados –que en algún caso hasta se enorgullecen de ser recalcitrantes en su empeño- le ha hecho un daño mayor al pueblo de Cuba, incluidos quienes se mantienen irreductibles en esa tesitura, que la convicción de que es imposible dialogar con Cuba y con quienes la gobiernan desde hace mas de cincuenta y cinco años, ausentes ciertas condiciones previas –que Cuba se niega, claro está, a aceptar como tales.

Mi primera experiencia con el calificativo “dialoguero” data del comienzo de la década de los ochenta, cuando, ya radicado en Miami, un gran amigo de mi padre se refirió a otro gran amigo de mi padre como “dialoguero”. Siempre he tenido presente lo importante que es para cualquiera tener amigos que piensan diferente a como piensa uno, que tengan una visión del mundo diferente a la que uno tiene. Y es que siempre se puede aprender de quien tiene ideas diferentes a las nuestras; esas amistades nos enriquecen tanto o mas que aquellas que mantenemos con quienes congeniamos plenamente. Y fue justamente conociendo la entrañable amistad que unía a esos dos amigos de mi padre que me sorprendió tanto, por entonces, el rechazo y el desprecio casi visceral de quien calificó a su amigo de dialoguero.

Hoy, mas de treinta años después, ese tipo de actitudes no me sorprenden. Entiendo la profundidad del sentimiento en el cual están ancladas, y lo difícil que es para algunos sobreponerse a esa clase de sentimientos que los llevan a anatematizar el dialogo que es una herramienta vital del ser humano [2].

Pero el futuro de Cuba necesita del aporte de quienes se sienten hoy de esa manera, y nadie tiene derecho a excluirlos (ni a cambiarlos, como no sea con otra valiosa herramienta del ser humano que es el ejemplo). Pero es necesario que todos comprendamos porqué el resto del mundo no entiende la perseverancia en ese tipo de actitudes cuando jamás han dado resultado alguno.

Puede que no resulte fácil cambiar ese tipo de actitudes, de un lado y del otro de la brecha ideológica que separa a los cubanos. Pero es necesario intentarlo, y sin pretender imponer condiciones a ninguna de las partes, ni tener que aguardar por la derogación de ninguna ley de los Estados Unidos, ni por la muerte de nadie.

Mi ponencia no es sino una invitación a recorrer ese camino de la interacción cada vez mas fluida entre cubanos.

Lo que pueda hacer o no el Presidente Obama en los próximos dos años no debiera ser obstáculo alguno si nos propusiéramos emprender ese camino ya.

III

No soy ni, político, ni académico, ni “experto” en nada, sino solamente un ciudadano mas. No tengo dotes de organizador ni pretendo que alguien siga mis instrucciones o pautas. Pero ante la profusión de manuales –en la Feria del Libro de Miami acaban de actualizar el Manual del Idiota Latinoamericano, obra de la cual es coautor un buen amigo mío- le he propuesto a mis “socios” en esto del Centro Cubano de Promoción Intercultural la elaboración –poco a poco y paso a paso- de un Manual para el Conocimiento y la Empatía entre Cubanos. Lo que sigue es solo un primer movimiento en lo que, con el tiempo, espero que suene como una Oda al Dialogo y a la Tolerancia, con el concurso de todos los cubanos que quieran agregar notas a la partitura.

Regla número 1

Se puede y se debe hablar sobre TODOS los temas, y TODOS tienen el derecho al uso de la palabra. Pero no se puede hablar sobre todos los temas a la misma vez, ni podemos hablar todos a la vez. Por eso el Centro Cubano de Promoción Intercultural se propone encarar proyectos y realizar eventos orientados hacia diversos sectores y actividades de la sociedad, al ritmo y según las prioridades que en cada momento se estimen convenientes.

Regla número 2

Para conocer y entender lo que piensa “el otro”, primero hay que escucharlo; y para usar uno la palabra, primero uno debe sentir que vale la pena intentar convencer “al otro”. Sentarse frente al otro para insultarlo o para imponerle condiciones sine qua non equivale a reconocer que la interacción que se pretende tener no vale la pena. Y esa convicción de que si vale la pena, cada cubano deberá encontrarla dentro suyo. Porque el futuro de Cuba está dentro de nuestros corazones, y los peldaños de la escalera que conduce a ese futuro, están dentro de cada uno de nosotros –ocultos, quizás por los prejuicios y el resentimiento, pero allí están- para que a través de ellos lleguemos a ese futuro en paz y con humildad.

Regla número 3

Los participantes en esa mesa “dialoguera” deben estar enfocados en el futuro de Cuba –visto desde el presente-, no en su pasado. Eso no implica que aboguemos por el olvido del pasado, ni que pretendamos barrerlo bajo la alfombra. Habrán programas y proyectos que atiendan a ese pasado y a sus consecuencias aun vivas para muchos cubanos. Pero la prioridad debe centrarse en lo que le depara la Cuba del futuro al cubanito nacido hoy.

Regla numero 4

Nadie puede pretender imponerle a los demás participantes el cumplimiento previo de ciertas condiciones para, entonces si, interactuar con ellos. Pero tampoco se puede estipular ab initio la inamovilidad de ningún modelo de nación, presente o futuro, pues la idea es consensuar, entre TODOS los cubanos, el modelo de nación que queremos para la Cuba del futuro.

IV

El propósito del “Centro Cubano de Promoción Intercultural” (o del “Instituto Interamericano para el Diálogo y la Tolerancia”, que así se sigue llamando en mi mente y en mi corazón, porque lo que quiero para Cuba lo quiero también para todas las naciones de nuestro hemisferio, la mayoría de ellas igualmente polarizadas) no es mas que el de facilitar la interacción que deseamos ver entre TODOS los cubanos.

No proponemos ningún modelo en particular -y en mi humilde y personal opinión, abocarnos al diseño de algún modelo seria extemporáneo y negatorio de nuestro objetivo sin antes recabar la opinión de los demás a través de la interacción que proponemos. Pero, y como es natural, todos tenemos nuestra visión personal de la sociedad cubana que desearíamos ver y en la que nos gustaría llegar a vivir y que vivieran nuestros hijos y nietos. No quiero concluir estas palabras sin decirles cual es la mía.

Me gustaría ver una sociedad cubana gestionada por el pueblo desde la base. Abierta a TODOS los cubanos, para que, de forma consciente, libre, responsable, orgánica, eficiente y por derecho propio, puedan participar en el disfrute equitativo y humanizador de los bienes y servicios que el mundo contemporáneo pone a nuestro alcance. Un modelo de nación en el cual cada cubano sienta que puede participar en el diseño y desarrollo de su sociedad, convencidos todos de que somos parte en la toma de decisiones que afectan nuestras vidas, y dispuestos a ejercer nuestra responsabilidad individual en la toma de esas decisiones, en tanto es sobre nosotros colectivamente, sobre quienes recae la soberanía nacional.

Este, mas o menos, es el ideario de un cubano de gran valor y valía que se llamó Amalio Fiallo, y estas palabras que acabo de pronunciar y hacer mías son, en gran medida, sus palabras y no las mías.

[1]  Muchos de mis colegas cubano-americanos, especialmente aquellos con la suficiente edad para haber ejercido el Derecho en Cuba antes de 1959, entienden que los actuales profesionales del derecho en Cuba deberán rendir un examen habilitante  para poder seguir ejerciendo como abogados en la Cuba del futuro,  por absurdo que este razonamiento parezca…

[2]  Originalmente, mi intención era que el Centro Cubano de Promoción Intercultural se llamara “Instituto Interamericano para el Dialogo y la Tolerancia”, pero mi sugerencia no encontró apoyo en el grupo de personas que concebimos la idea de emprender este derrotero, quizás por esa misma vocación por no excluir a ningún cubano que pudiera desahuciarnos por el mero hecho de que enarboláramos la palabra “dialogo” –tolerancia presenta menos resistencia, porque todos se sienten tolerantes aunque muy pocos lo sean.