Iglesia Cubana: Un cantar a la esperanza

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Por Romy Aranguiz

La Iglesia católica y el Cardenal Jaime Ortega han sido objeto de viles ataques por varios sectores que cuestionan el papel constructivo que éstos han jugado en nuestra historia nacional. El mero contraste entre aquellos que priorizan el odio y el revanchismo –negando toda legitimidad a los cubanos que incluso se sienten representados por su gobierno–, y los que optamos por el diálogo, evidencia el desbalance de estos ataques, y lo desacertado de aquellos que rechazan el apoyo de la Iglesia a un proceso gradual de reformas.

Un artículo de reciente publicación expresa que el Editorial de Espacio LaicalEl compromiso con la verdad”, le asigna protagonismo político a la Iglesia y que este presunto protagonista ha sacado de la mesa de negociaciones a aquellos que se autodenominan “sociedad civil”. Además de falsas, estas afirmaciones de Alexis Jardines (AJ) y Antonio Rodiles (AR) exhiben un simplismo rampante. El Editorial se refiere al importante papel jugado por la Iglesia, pero no lo pondera como protagónico, por una sencilla razón: la Iglesia no ha sido protagonista, sino mediadora dentro de los turbulentos años que se viven en la isla.

Si el Editorial de Espacio hace énfasis en la figura de Jaime Ortega, es porque él es quien ha sido blanco de descarnados ataques. En un contexto sembrado de soberbia, el Cardenal Ortega lleva décadas (incluso cuando los que hoy la atacan eran fervientes partidarios comunistas), apostando por el diálogo como vía de solución a los conflictos. Curioso es también que los que ahora arremeten contra la Iglesia y Espacio Laical, hayan sido hasta hace poco colaboradores de la revista (AJ ha tenido al menos tres colaboraciones en Espacio y ha participado en dos eventos auspiciados por dicha publicación, al igual que AR).

La Iglesia no ha excluido a la “sociedad civil” de nada. Primero, porque ella misma es la organización independiente más relevante y numerosa de la sociedad civil. Segundo, porque el diálogo Iglesia-Estado es eso mismo, una conversación necesaria y útil entre esas dos importantes instituciones, en el que participan aquellos que de común acuerdo así lo estimen.

Afortunadamente, el cardenal Ortega ha tenido la sabiduría de no escuchar las voces de los que, embriagados en alucinantes “Estados de SATS”, pretenden abarcar mucho y nada resuelven. De junio del 2010 a la fecha, se han liberado por lo menos 126 presos, y existen conversaciones entre gobierno e Iglesia sobre las transformaciones económicas y políticas en curso. Para beneficio del pueblo creyente, ese diálogo ha expandido las libertades religiosas, acercando los estándares del país a los recogidos en el artículo 18 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Es entonces la sociedad civil cubana (esa que AJ y AR dicen que la Iglesia oblitera) el principal “beneficiario” de la gestión del Cardenal Ortega.

Beneficiados son también los presos, pues -como pidieron las Damas de Blanco- hay un hecho ineludible: están libres y junto a sus familias. El beneficiado es el pueblo creyente, que ahora tiene más libertades y templos para su práctica. El beneficiado es la sociedad civil, cuya opinión es expresada con propuestas concretas en los artículos y debates de la prensa católica como Espacio Laical y Palabra Nueva, como debe constar a AJ y AR (espaciolaical.org/contens/24/2223.pdf). El beneficiado es el pueblo cubano en la diáspora y el pueblo cubano en la isla, invitado a converger en eventos participativos abiertos al público general, y no sólo a los creyentes. Si la labor del Cardenal Ortega y de la Iglesia Católica Cubana continúa siendo en pos de este diálogo que favorece a la reconciliación del pueblo cubano, la mayoría de los cubanos seguirá apoyándolo.

Iglesia y sociedad cívica: algo más que un par de opuestos

La sociedad civil cubana es mucho más que dos docenas de ciudadanos reunidos en una casa expropiada de Miramar, para hacer catarsis contra el gobierno. Solo la humildad cristiana, nos contiene de responder a la soberbia con soberbia, y comparar el alcance de las publicaciones de la Iglesia o los años de cursos y trabajo paciente en las parroquias, con el par de actividades, a veces con escaso conocimiento de sus ponentes, que organiza nuestro compatriota Rodiles. Desde mi propia experiencia, sin embargo, daré a conocer hechos que AR y AJ insisten en ignorar.

En los años 90, en las aulas de Catecismo y otras materias de mi parroquia de San Agustín en Playa, se abrió ante mis ojos un universo maravilloso de conocimientos. Gran parte de mi visión humanista de la vida proviene de esos años en los cuales dedicaba gran parte del domingo, entre otros días de la semana, al estudio de la religión, el cultivo del amor a la patria, la cultura nacional, la ciudad y otros temas. Además de la fe, muchos como yo, recibieron de la Iglesia el afán por el conocimiento y por un nacionalismo solidario y democrático. Dos de los más importantes regalos que se le pueden entregar a un ser humano en sus años de adolescencia. A la vez que crecí como católica, maduré como ciudadana. La labor formadora de la Iglesia, madre y maestra, rebasó con mucho los límites de lo estrictamente religioso.

La Iglesia católica contribuyó y sigue contribuyendo a la formación del espacio público civil cubano, a través de la consecución de una Pastoral dirigida al fortalecimiento cívico de la sociedad cubana. La labor formadora de la Iglesia es un proyecto vareliano de sembrar consciencias y virtudes. Como médico y católica, he visto el impacto de Caritas Cuba desde su fundación en 1991. Su objetivo es ayudar a los más afectados y proveer a través de donaciones, medicamentos claves para tratar enfermedades que de ninguna otra manera pudieran ser obtenidos. “La capilaridad de la Iglesia”, así llamada por algunos laicos, llega a todos los confines del país. No hay que ser ni católico ni cardenal para recibir esos beneficios. Sólo se requiere ser un simple ciudadano –sin importar ideologías- para ser parte de este proyecto expansivo, que rebasa el límite de los templos.

Esta dinámica de capilaridades no es unidireccional. A los beneficiados por la misma se les explica la doctrina social de la Iglesia y el respeto martiano a la dignidad plena del ciudadano. Nada se exige a cambio. Rara vez quien se beneficia de un proyecto amoroso se convierte en un ciudadano hostil y egoísta. Rara vez los favorecidos por los programas de ayuda de la Iglesia, salen de un comedor o una casa laical para un acto de repudio o de oposición destructiva con ira, pues su conciencia cívica es a favor de la libertad con orden. Por el contrario, quieren hacerse parte de esta nueva civilidad, la cual es a su vez base para una sociedad más completa.

La Iglesia no es un obispo ni un editorial; aunque estos la representan bien. Está conformada por centenares de miles de laicos y sacerdotes que, con sus defectos y virtudes, contribuyen a multiplicar, dentro de la sociedad a la que pertenecen, patrones de diálogo amoroso y ciudadanía democrática.

Una Cuba más plural, el embargo y la Iglesia

En su enfoque ante el resto de la sociedad civil cubana, de la que es parte mayor, la Iglesia apuesta por respetar la pluralidad. Dentro de esta metodología que espera todo del amor, los obispos han promovido la expansión de una cultura de la vida, la libertad responsable, y el diálogo realista. Exhorto a quienes de ello dudan, a que lean y analicen las numerosas cartas pastorales.

Esto no significa que la Iglesia deba tener una postura equidistante o neutral ante todas las posiciones políticas. De la misma forma que los obispos y laicos defienden los derechos humanos desde la doctrina social de la Iglesia, en plena concordancia con los valores cristianos, la Iglesia exige el fin de las sanciones económicas “inmorales, ilegales y contraproducentes”, promovidas por sectores revanchistas de la comunidad cubana-americana. No es extraño entonces que en coincidencia con la posición del Santo Padre y sus antecesores, Espacio Laical demande que todo opositor legítimo condene el embargo y las estrategias de subversión acopladas al mismo.

Es cuando menos sorprendente, si no bochornoso, que a cincuenta años del embargo maldito, que tanto ha costado a Cuba, incluso como obstáculo para las reformas, AR y AJ se cuestionen el rechazo a esa política como “otro de los argumentos manipuladores” de Espacio Laical. Demostrando que la combinación de ignorancia y audacia es una irresponsabilidad fatal en política, se preguntan: “¿Por qué tendríamos que repudiar que se sancione a un Gobierno que no manifiesta ningún interés en mejorar las condiciones de sus ciudadanos y en cambio no escatima recursos destinados al aparato represivo?” Cualquiera que lea un poco los informes de las Naciones Unidas sobre el efecto del embargo en los derechos humanos y el estándar de vida del pueblo cubano, tendría un gran reto ético e intelectual para siquiera plantearse una postura ambigua como ésta. Pero si de razonar se trata, sería interesante leer qué van a decir AR y AJ para defender una política cuyo interés nunca ha sido defender los derechos humanos de los cubanos. En lugar de evadir el tema, ojalá lo aborden con profundidad.

Aceptar el embargo es validar el histórico carácter injerencista de los EEUU hacia Cuba. Espacio Laical hace bien en rechazar el plattismo y exigir de todos los cubanos una actitud patriótica. Al que no le guste el gobierno tiene el derecho a expresarlo pero eso no justifica la apostasía, condenada por nuestro apóstol José Martí, cuando era apenas un adolescente. ¿De qué diálogo nacional quieren formar parte los que se andan con ambigüedades hacia la posición plattista y otorgan a los Estados Unidos prerrogativas que son exclusivas de la soberanía cubana?

Claro, esta pregunta es difícil siquiera de concebir para quienes se escudan en el chiste de un trasnochado “posnacionalismo”, en un mundo donde los estados nacionales siguen siendo la principales unidades de poder; para quienes expresan que tanto el concepto de “nación cubana” como los del “escudo y la bandera de la estrella solitaria”, carecen de sentido.

Como médico cubana y norteamericana, que amo a mis dos patrias, no consideraría otra opción que no fuera el fin incondicional de las sanciones que afectan al pueblo cubano. Con orgullo soy miembro de la organización comunitaria Cuban Americans for Engagement (CAFE), que aboga por el fin de las políticas norteamericanas de hostilidad contra Cuba y la intervención indebida en los asuntos internos cubanos. Es lo mejor para el desarrollo, la apertura y los derechos humanos en Cuba.

Que no lo dude el Cardenal Ortega ni nuestros hermanos de Espacio Laical: la Iglesia del mensaje patriótico y reconciliador, que demanda y exige, con responsabilidad martiana, cambios urgentes y necesarios al gobierno, y que no comulga con devaneos opositores ambiguos hacia el plattismo de la ley Helms-Burton, es vista desde esta orilla como un cantar a la esperanza.

Romy Aranguiz es Doctora en Medicina. Cubana. Reside en Massachusetts.