La querella del CAFE

Por Ariel Pérez Lazo

A la comunidad emigrada y exiliada cubana (incluyo aquí a ambas sin entrar en definiciones) le ha nacido un caballero andante. Armado de un ordenador y de algunos conceptos extraído de lecturas marxistas ( de la Escuela de Francfurt, aclaro ) Arnaldo Fernández rompe lanzas contra C.A.F.E (Cuban American for Engagement), contra la disidencia ( nuestro caballero andante no dice oposición, atención para este desliz lingüístico ),o contra la Iglesia Católica cubana, no la hoy, la de todos los tiempos,: es como la aplanadora de Vigilia Mambisa, lo que en vez de triturar discos que nunca se han comprado o escuchado, se destroza la tradición y el análisis, lo cual, seguramente, tiene peores efectos.

Me voy a limitar aquí a la más reciente batalla de Fernández: la dirigida contra el grupo CAFÉ. Comienza nuestro hidalgo afirmando que los integrantes de dicho grupo se representan a sí mismos, tal y como según el autor de Café plattista hasta el ultimo bushito lo hacen los líderes disidentes en Cuba, con lo que evidencia un gran problema para comprender el concepto de representación. Su argumento se reduce al número: son un grupúsculo, nos dice, con un lenguaje que recuerda mucho los códigos semánticos de La Habana.

Cuando un Estado, sea los EE.UU o Cuba, se reduce a un problema de mayorías, estaríamos muy por detrás de todas las contribuciones hechas por los grandes pensadores liberales acerca del derecho de las minorías a existir. A ninguna figura disidente en Cuba – digo disidente no opositora-se le ha ocurrido vez alguna afirmar que defiende los intereses de una mayoría – mayoría que solo podría ser verificada electoralmente, y solo presumida por métodos no convencionales para un sociólogo-, lo que se defiende es derechos fundamentales validos para cualquier grupo, no importa su carácter minoritario. De manera que lo que se debate sobre Cuba no es si el PCC mantiene la presidencia del Consejo de Estado o de la Asamblea Nacional, como se hace, digamos en Venezuela: es el derecho de la minoría disidente a obtener un escaño en la Asamblea Nacional, tal como intentara Silvio Benítez con el movimiento (no opositor) Candidatos por el Cambio.

Por supuesto, sería impensable esta cuestión si antes no se reconocen en Cuba los derechos de asociación y expresión, aun dentro del estrecho marco constitucional. Hay que recordar que en la RDA de Egon Krenz se legalizaron más de cien asociaciones de la sociedad civil sin cambiar la constitución “socialista” siguiendo el programa de reformas ya emprendido en abril de ese por Gorbachov en la URSS. Pero esta dialéctica es muy compleja para quienes previamente han accionado ciertas aplanadoras (anti) teóricas.

De manera que el argumento numérico – el grupúsculo- adjudicado a CAFÉ es completamente desechable. Se puede criticar a CAFÉ por no pedir al gobierno cubano que elimine el permiso de entrada o habilitación del pasaporte para los cubanos que residen en el extranjero. El argumento de que podrían entrar a realizar sabotajes aplica para una minoría tan exigua que cae por su propio peso y no deja de ser una medida para tiempos de guerra.

Se puede criticar a CAFÉ por cualquier otro olvido (y hasta entrar en sus causas) en su programa de dialogo con el gobierno cubano. Agregaria una critica al programa de CAFE y es que no pide al gobierno cubano derechos politicos para los residentes en el exterior ( y los del interior ) de manera que puedan enviar peticiones y programas a los diputados a la Asamblea Nacional. Entiendo que este seria el mas complejo aspecto pues entranaria modificar aspectos esenciales del sistema politico pero el argumento esgrimido por Fernández contra CAFE carece de fundamento, máxime cuando se utiliza para otras descalificaciones.